Levantar una vasija de concreto capaz de albergar diez mil litros de pozol exige una terquedad poco común. Detrás de la nueva jícara monumental que ahora domina una fracción del paisaje en Copoya, el motor de esa insistencia tiene nombre y apellido: Jovani Salazar.
Desde su trinchera como director general del ADITECH, Salazar operó como el arquitecto principal de esta iniciativa. El cargo institucional sirvió de palanca, claro, pero el empuje real provino de una convicción personal por incrustar un nuevo símbolo en el corredor turístico de Tuxtla, a escasos metros del Cristo de Chiapas.
El Día del Pozol funcionó este 18 de marzo como el anclaje temporal exacto para desvelar la obra. Las dimensiones imponen su propia gravedad en el entorno. Hablamos de una estructura de 4.20 metros de altura y cinco de diámetro, erigida con una inclinación calculada en veinte grados. El diseño, además, esquiva el estatismo mudo de los monumentos tradicionales. La jícara integra un sistema de audio permanente; un botón basta para que el visitante acceda, a cualquier hora del día, a la narrativa histórica de la bebida zoque.
La inauguración transcurrió cruzada por el sonido de la marimba y las danzas tradicionales, el protocolo esperado en la región. Lo que escapa al guion habitual es el músculo logístico que Salazar logró articular. El proyecto materializó una convergencia inusual entre la comunidad ejidal, vecinos y empresarios locales, todos alineados bajo una misma fijación cultural.
El mensaje emitido durante la apertura marcó la línea discursiva del monumento. El valor de la jícara reside en la memoria de los hombres y mujeres del maíz. Su peso físico es apenas un pretexto, un anclaje visual para defender el territorio identitario del estado.


