Un siglo separa a Florinda Lazos León, la primera diputada local elegida en 1926, de la actual legislatura en Chiapas. Hoy hay 24 mujeres ocupando la mayoría de los escaños. Los números sugieren un triunfo innegable. La rutina en los despachos, las redes sociales y las calles cuenta una historia bastante más áspera.
Esa es la narrativa que rara vez sobrevive a los filtros institucionales. Para llevarla a la audiencia, la reciente emisión de Régimen de Chiapas, conducida por Lizette Loredo, despojó al debate conmemorativo del 8 de marzo de su barniz oficial. Las invitadas, la presidenta del Congreso, Alejandra Gómez Mendoza, y la secretaria de Anticorrupción, Ana Laura Romero Basurto, articularon en voz alta el costo oculto de ejercer el poder: el desgaste psicológico.
Romero Basurto, ex presidenta municipal, desnudó la mecánica del machismo político. Durante sus tres años de mandato lloraba a diario. Su gestión pública quedaba sistemáticamente eclipsada bajo campañas de desprestigio y rumores enfocados en su aspecto físico. Esta cosificación, que a menudo muta en una feroz violencia digital orientada a dinamitar la estabilidad de las funcionarias, tiene un origen muy terrenal. “La cultura se mama”, advirtió la secretaria, apuntando a la crianza en los hogares como la zona cero de estas conductas.
El asedio, desde luego, opera en todos los niveles. Gómez Mendoza evocó sus madrugadas como estudiante universitaria, esperando el transporte público a las seis y media de la mañana bajo la sombra del acoso callejero. Esa vulnerabilidad histórica encuentra respuestas recientes en el aparato estatal. El gobierno de Eduardo Ramírez Aguilar echó a andar el programa “Mujer Segura”, entregando a las jóvenes relojes inteligentes con botones de pánico conectados en tiempo real a las autoridades. La tecnología como escudo protector se replica en la agenda de Romero Basurto, cuya dependencia activó una red de códigos QR para denunciar la corrupción y la extorsión desde el anonimato.
Sobrevivir a la vida pública requiere un ejercicio continuo de deconstrucción. Implica, según apuntó la diputada Gómez, desechar la trampa de refranes como “mujeres juntas, ni difuntas” para sustituirla por la práctica de acomodarse la corona entre compañeras. Exige romper la inercia del silencio frente a la agresión.
“No es normal la violencia. Uno de los errores que cometemos, principalmente en política, es normalizarla”, admitió la legisladora, recordando que las puertas de las instituciones aguardan a quienes decidan hablar. El techo de cristal está roto, pero los fragmentos siguen cortando.





